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martes, 11 de marzo de 2014

Bourroughs, Wakeman


William Bourroughs pintando con tiros de escopeta.
http://vimeo.com/3865620
Wiiliam Bourroughs


                Collar no puede estar ajeno a las relevantes ideas que se toman en el país, con el fin de fundamentar leyes que regularan determinadas conductas, con apoyatura en dichos de Escobar Gaviria a través de la serie que se emite en la TV “…matemáticamente es imposible que un estado pueda controlar el narcotráfico…” y le asiste razón porque se trata de matemáticas es decir de números que con ceros a la derecha se llaman millones… que seducen al PODER  responsable de permitir el ingreso y convivencia de narcos con la sociedad.
                Claro que como este es un programa de libros, recordaré a un famoso escritor que en febrero hubiese cumplido 100 años: William Burroughs, para hablar del tema drogas.
Él y sus amigos Ginsberg y Kerouac desde aproximadamente 1944 y durante toda su vida hicieron un culto de la amistad, a tal extremo que el lema de Allen fue “…escribe como hablas con tus amigos…”
                Lo cierto es que el término droga en la obra de William siempre aparece como (junk) “basura” y se refiere al opio y sus derivados, la heroína sobre todo, su heroína que lejos de liberar, sujeta: es un mecanismo de control, pero no uno más, sino el modelo de todo mecanismo de control; y la policía y el sistema de salud, lejos de combatirla, la utilizan para generar adicción, dependencia y por lo tanto, mayor control. El adicto es el sujeto social ideal…”
                También sostuvo que la droga no expande la conciencia, ni ofrece experiencias más ricas e intensas.
                Todo lo dijo sin perjuicio de haber vivido su vida colgado de la heroína, Luca Prodan dijo una de las frases más inspiradas y a la vez realista sobre la sustancia “…es la mamá eterna, es como el útero que te protege. Con ella no se jode, por algo es la segunda droga en importancia y la primera es el poder…”
                Otra historia: el joven había leído al viejo. El viejo había escuchado la música del hoven? William y Kurt Cobain, líder de Nirvana, se vieron un día en la casa del primero, en Kansas en octubre de 1993, durante una mañana sin sobresaltos, sin drogas –ese hilo entre ambos-, Cobain quien nunca logró reponerse de su adicción a la heroína, se mató de un tiro meses después.
                El viejo William no creyó que Cobain su hubiera suicidado, fue parco “…lo que recuerdo es la expresión moribunda de su mejillas. Él no tenía intención de suicidarse. Por lo que yo sé, ya estaba muerto…” La heroína formó parte de la oscura identidad de William S. Burroughs —de cuyo nacimiento en San Luis (Misuri) hace poco tiempo se cumplieron 100 años supuso la llegada del mesías moderno de esta devastadora droga— y de Cobain, cuyo suicidio en abril de 1994 estuvo provocado no solo por su incapacidad para digerir el fétido futuro mercantil que le estaba reservado a su famoso grupo, Nirvana, sino también por los estragos de la letal sustancia, en la que el bello ángel del grunge había refugiado su dolorida alma de eterno niño varado. Yonqui, (1953, organizado alrededor de las peripecias de un adicto a la heroína) primera y descarnada novela de Burroughs, era el libro de cabecera de Cobain.
Burroughs reparó en el tormento del líder de Nirvana: “Poco después, cuando Cobain se hubo marchado, Burroughs le confesó a su ayudante que había ‘algo raro en aquel chico’, advirtiendo que su invitado ‘fruncía el ceño continuamente y sin razón aparente’, como si estuviese librando una batalla secreta, una feroz y despiadada guerra interna”.
Sabía de lo que hablaba. La muerte y sus fantasmas llevaban décadas acechándole. En 1951, en Ciudad de México, con 37 años, una pistola (otra de sus pasiones, las armas) y el cuerpo bien cargado de alcohol y drogas, quiso jugar a Guillermo Tell con Joan Vollmer, su mujer y madre de su hijo. Erró en el tiro y Joan murió. Sin el peso por la culpa de este estúpido incidente es imposible entender su figura literaria.
En el prólogo de su novela Queer, publicada en 1985 y recientemente reeditada Burroughs habla abiertamente de cómo sin aquella muerte jamás hubiese nacido su voz. “Todo me lleva a la atroz conclusión de que jamás habría sido escritor sin la muerte de Joan, y a comprender hasta qué punto ese acontecimiento ha motivado y formulado mi escritura”.
“Mi predicción para un futuro próximo es que los derechistas usarán la histeria de las drogas como pretexto para crear un aparato policial internacional, pero ya soy un hombre viejo y puede que no viva lo suficiente para ver la solución final al problema de la droga”. Pocos días antes de morir en 1997, escribió la última entrada en su diario. “No hay nada. No hay sabiduría final ni experiencia reveladora; ninguna jodida cosa. No hay Santo Grial. No hay Satori definitivo (comprensión, es el momento en que se descubre de forma clara que solo existe el presente. La experiencia aclara que el tiempo es solo un concepto, pasado y futuro son una ilusión al igual que todo el mundo físico) ni solución final. Solo conflicto. La única cosa que puede resolver este conflicto es el amor. Amor puro. Lo que yo siento ahora y sentí siempre por mis gatos. ¿Amor? ¿Qué es eso? El calmante más natural para el dolor que existe. Amor”. Su editor, James Grauerholz, aseguró que había muerto tranquilo y sereno. Al parecer, quería ser incinerado en Tánger y que luego esparcieran sus cenizas en Gibraltar. No hay Santo Grial. Solo un gato. Quizá Kurt Cobain no soportó la respuesta.












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